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sábado, 20 de febrero de 2010

Los Restos de Copenhague

Las derrotas jamás son totales. En los escombros de lo perdido siempre podremos encontrar vestigios de victorias aquellas marcas imborrables de los éxitos que, por más pequeños que sean, siempre estarán allí como una cicatriz en la infinidad de la construcción del tiempo. Y aunque tendemos al melodrama de la totalidad, aquella inercia que nos guía al derrotismo más profundo o al delirio de la victoria más abrumante, estos dos estados siempre se manifestarán a medias tintas. Esto aplica a la Cumbre de Copenhague aquél encuentro de las naciones que tenían la épica tarea de reemplazar el Protocolo de Kioto con un nuevo tratado global que vinculase a las potencias globales, a las emergentes y a los países pobres en un compromiso para disminuir sus emisiones de CO2 evitando un cambio climático catastrófico más adelante en este siglo. La Cumbre fracasó en esta aspiración y el tratado emanado de ésta fue tachado como una abrumante derrota. Y aunque en base a esta aspiración sin lugar a duda lo fue, algo se logró de este encuentro global. Las naciones se comprometieron, si ningún tratado de por medio, a bajar sus emisiones de bióxido de carbono lo más posible. La suma de esa reducción no basta. Con los niveles actuales existe el riesgo de aumentar las temperaturas entre 1.7 y 4.7°C en 90% para 2100. El límite impuesto era de 2°C hacia finales de este siglo. Esta insuficiencia es sin lugar a duda una derrota. Pero antes de la cumbre las reducciones totales de emisiones globales eran de 3.6 miles de millones de toneladas de CO2. Tras la cumbre aumentó a 5 mil millones de toneladas. 4.2 de ese ahorro será contribución de los países en desarrollo. Esto representa un aumento de dos tercios previo a Copenhague. La mayoría de esta reducción proviene de planes relativamente baratos de reducción de emisiones implementados principalmente por Brasil e Indonesia. La deforestación contribuye al 20% de las emisiones de CO2 anuales. La voluntad de las naciones en subdesarrollo se manifestó en la Cumbre y representa una pequeña victoria que nadie percibió. El problema recae en los países ricos, sobretodo EEUU. Los norteamericanos deben aprobar pronto un sistema de gravámenes sobre sus emisiones, lo que traería consigo una participación mayor de China y un aumento en la reducción de la Unión Europea. Detener la deforestación es una medida más costeable y de alto impacto para abatir el cambio climático, el problema es que no resulta sostenible. De tener éxito las tasas de deforestación podría llegar a cero para 2030. De no tomar otras medidas paliativas las emisiones de otros causantes podría aumentar y las soluciones se volverán más difíciles de implementar (como llevar al sector eléctrico a una transición de la generación de energía por medio de carbón hacia fuentes nucleares). A pesar de estos retos hubo pequeñas victorias en la gran derrota danesa. Pero para encontrarlas primero hay que buscar en el monolito derrotista que a veces nos ciega.

Para aunar más:
Dinero, por árboles
Hacia mediados de siglo
Una cuestión de población
Pobreza y cambio climático
Los olvidados y la energía
Dinero por árboles, en la práctica

martes, 15 de diciembre de 2009

Copenhague y el fin del petróleo


Alcanzar un pacto en Copenhague podría evitarnos un colapso económico por falta de abasto de petróleo. Desde hace un tiempo diferentes fuentes especializadas han predicho fechas límite para la producción petrolera global, todas aquellas predicciones van desde las primeras décadas hasta mediados de este siglo. En su último informe la Agencia Internacional de Energía (AIE) ha estimado que alcanzaremos el límite de la producción para algún momento antes de 2030. La AIE es uno de los órganos internacionales de mayor importancia en el monitoreo del sector energético por lo que su proyección resulta muy viable y por lo tanto preocupante. Si el crecimiento por la demanda de este codiciado hidrocarburo continúa con las reservas tradicionales alcanzaremos el pico de la producción petrolera global para 2020. Esto nos lleva a dos posibles escenarios: que la demanda por hidrocarburos continué paulatinamente llevando a una profunda crisis económica. La otra plantea que con una demanda muy superior a la oferta el precio del barril de petróleo se disparará, lo que traería consigo los incentivos para fortalecer y viabilizar fuentes alternativas de energía y explorar nuevos yacimientos. Estas medidas de acuerdo a expertos podrían prolongar la vida de los hidrocarburos como base de la economía global por un par de décadas más. Este escenario positivo postula por lo tanto que la declinación petrolera será paulatina y no un colapso repentino como el otro contexto. Tras analizar la producción histórica de 800 yacimientos la AIE concluyó que para 2030 necesitaremos encontrar 40 millones barriles diarios extras, la producción de la primera potencia petrolera Arabia Saudita. El problema es que desde la década de los 60 los descubrimientos de nuevos yacimientos han ido a la baja. Por ello se cree que una descompensación entre la demanda y la oferta de barriles diarios llevaría a la búsqueda de nuevas fuentes. Pero todos estos escenarios están relacionados profundamente con Copenhague. De acuerdo a la AIE de cumplirse las medidas para mantener el aumento de las temperaturas por de 2º grados centígrados podría disminuir la demanda diaria de barriles en 16 millones de barriles diarios. Esto amplía enormemente los alcances de Copenhague, el acuerdo de transición energética y de mitigación al cambio climático podría establecer las bases para evitar un colapso del sector petrolero –y de la economía global- antes de mediados de siglo.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Dinero por árboles, en la práctica


Nuestra economía es depredadora del medio ambiente por una cuestión de prioridades. Los bienes naturales (selvas, arrecifes, acuíferos etc.) no son priorizados en nuestro status quo económico pues no se les atribuye valor alguno a los servicios vitales que proveen (reciclar nutrientes a los suelos, regulación de la temperatura, reutilización del agua), lo que lleva al saqueo que está causando la actual crisis ambiental. En La Tragedia he tratado una de las medidas que considero más interesantes para revertir esta situación: un programa de transferencias económicas a los habitantes de zonas cuyos capitales naturales proveen servicios que deben compensarse, ofreciendo oportunidades de desarrollo para comunidades excluidas y manteniendo los preciosos recursos naturales que tienen y que nuestro planeta necesita. Esta medida, que se encuentra a debate en Copenhague, es conocida como la Reduced Emissions from Deforestation and Degradation (REDD). La base para un programa global como éste ya existe. En 2008 las inversiones verdes para mantener bosques tropicales ascendieron a $705 millones de dólares. Y ya hay un caso piloto que ha rendido grandes resultados. En la Reserva Juma al sureste del estado Amazonas en Brasil. Dentro de la Reserva los habitantes de la comunidad Boa Frente reciben $360 dólares anuales para explotar sustentablemente su bosque tropical, extrayendo aceites medicinales de diferentes árboles por ejemplo. El subsidio parecerá mínimo pero el ingreso anual de los habitantes de la zona es de aproximadamente mil dólares. La deforestación en la Reserva Juma no ha cesado pero se ha disminuido considerablemente. Imágenes satelitales del gobierno carioca demostraron que en 2006 se perdieron 150 hectáreas de bosque, tras la implementación del programa piloto de REDD se deforestaron 80 hectáreas en 2008. Las implicaciones de este logro son enormes. Primero confirma que los habitantes de las zonas marginadas con mayor capital natural no dilapidan sus recursos por irracionalidad sino por necesidad. Involucra a las comunidades locales y ayuda la diversificación de actividades económicas. También apoya a los gobiernos con los problemas de infraestructura. El estado del Amazonas es 4 veces más grande que Texas. El tamaño del lugar y la falta de infraestructura imposibilitan el monitoreo policíaco para proteger el bosque tropical. REDD se ha demostrado como una alternativa viable que vincula la conservación ambiental con el bienestar humano, el desarrollo y el abatimiento de la pobreza. Ahora en Copenhague resulta vital ampliar los recursos y los alcances de este programa.

Con Copenhague quiero continuar con este intento de sacar del olvido diferentes materiales perdidos en este blog. Para esta ocasión y relacionándolo con el programa REDD les recomiendo de nuevo el video Reconstruyendo un bosque tropical: el proyecto Samboja Lestari en el que el empresario y altruista Willie Smits explica como su proyecto logró reconstruir un bosque tropical de Borneo. Lo que más resalta es el énfasis que el proyecto depositó en el involucramiento de las comunidades locales con la explotación sustentable de su bosque tropical y su bienestar social y económico. Esto será lo que definirá al largo plazo el éxito de REDD.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Las posturas de Copenhague


Ayer se filtró un borrador de un acuerdo en Copenhague el cual ya fue desechado esta mañana por las acusaciones de las naciones en desarrollo que dicen que beneficiaba a los países más ricos. Lo que ocurre en la cumbre climática es el debate de muchas posturas encontradas, lo que demuestra la complejidad del cambio climático como problema colectivo. Me parece un ejercicio importante sintetizar las principales corrientes y posturas que están chocando en la capital danesa.

Primero está la postura de las naciones más ricas entorno al Protocolo de Kioto, que vence en 2012. Este acuerdo vinculante sólo obliga a los países ricos a reducir sus emisiones, lo que resulta anacrónico ante el crecimiento de las potencias emergentes como India, China y Brasil. Las naciones más desarrolladas bajo el Protocolo pueden facturar reducción de emisiones en países pobres con el Clean Development Mechanism (CDM), con el que hacen transferencias de capitales para apoyar procesos industriales de bajo impacto ambiental. Un nuevo acuerdo climático vinculante que sea sustentable al largo plazo deberá imponer reducción de emisiones a los nuevos protagonistas de la economía global. Existe la idea de que la cooperación internacional para impulsar una transición energética en los países pobres se enfoque a disminuir los índices de riesgo de inversión e incentivar la transferencia de tecnología por medio de mercados de capital privados. Los mercados de capital han sido históricamente mucho más eficaces para propagar tecnologías que los programas gubernamentales y un ejemplo de ello son los teléfonos celulares.

La segunda postura es la de las potencias emergentes, en la que entra México. Defienden la idea de que el primer mundo debe asumir los costos del cambio climático, lo que resulta lúcido al saber que dos terceras partes de las emisiones liberadas a la atmósfera desde 1850 fueron producto de los países industrializados. Hu Jintao ya ha declarado que los países ricos deben aportar el 1% de su Producto Interno Bruto al año para garantizar la adaptación de los países pobres. Mi país, como ya he mencionado en este blog, ha propuesto la creación de un fondo global operado por el Banco Mundial para medidas paliativas y de adaptación al calentamiento global.

Existe una tercera postura que comparten las naciones pobres con importantes capitales naturales (como Guyana o Borneo). Éstos están a favor de programas como el Reduced Emissions from Deforestation and Degradation (REDD) que plantea transferencias directas a habitantes pobres de zonas de importancia natural como bosques tropicales y zonas costeras. La idea sería diversificar la actividad económica y reconocer el valor de los servicios naturales que estos lugares proveen. En Copenhague ya se propuso la idea de ampliar el REDD a medidas de conservación más allá de los bosques tropicales y selvas. En este grupo entran los Estados nación que son islas que consideran el aumento de los niveles del mar como una amenaza a su existencia.

Sobre estas dos últimas posturas descansa la problemática operativa más profunda de la Cumbre: crear un marco regulador para las transferencias millonarias entre las naciones ricas y pobres, garantizando medidas vinculantes que obliguen a los gobiernos nacionales a implementar los cambios necesarios encaminados a la sustentabilidad. Kioto no contiene nada relacionado a transferencias de esta naturaleza, lo que sería la otra gran omisión del protocolo. Estas son las principales posturas que se están enfrentando en la capital danesa. De acuerdo a expertos las medidas que se están debatiendo suman un 80% de la reducción de emisiones requeridas para mantener el aumento global de las temperaturas por debajo de los 2º grados centígrados establecidos por el PICC. Ahora debemos alcanzar los puntos de acuerdo que puedan fungir de base para encarar el problema colectivo más complejo de la historia.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Un Fondo Verde hecho en México


México es el principal emisor per cápita de América Latina. Además prácticamente la mitad del país se encuentra por debajo de la línea de la pobreza, lo que obliga a nuestra nación a no omitir las medidas para mitigar y adaptarnos al calentamiento global. La gran propuesta del actual gobierno mexicano es la creación de un Fondo Verde global que contenga miles de millones de dólares provenientes del PIB per cápita de cada nación y sus emisiones por cabeza. Bajo la propuesta el fondo sería manejado por el Banco Mundial y se utilizaría para proyectos públicos de sustentabilidad a gran escala. El Presidente Calderón ha expuesto en varios foros que este fondo podría existir de los bonos de carbono, una medida del sector privado que persigue coordinar financieramente a industrias sucias y limpias, ya que éstos en muchas ocasiones pueden ser ineficaces y no benefician directamente a poblaciones vulnerables. Sus recursos serían mandatorios y se respaldarían en resultados, lo que ayudaría a compensar las deficiencias de los proyectos privados de altruismo. El proyecto ha recibido el apoyo de los gobiernos de Gran Bretaña, Australia y Noruega, que junto con México presentarán un proyecto conjunto en Copenhague. El Fondo podría enfocarse a apoyar a las naciones más pobres del planeta –como Bangladesh- que no cuentan con recursos para tomar medidas paliativas y de prevención. Noruega ha propuesto para el Fondo que algunos de los permisos de emisión de carbono sean subastados para recaudar dinero para las naciones en desarrollo. De acuerdo a las 4 naciones que respaldan el proyecto mexicano el fondo podría estar en plena operación para 2020 con $10 mil millones de dólares como respaldo.

El artículo que abrió este blog ha cobrado con la Cumbre Climática una gran vigencia, habla sobre la posibilidad de crear un sistema de apoyo económico para los países más pobres donde están los principales bosques tropicales del planeta. Sin más les recomiendo que le den una checada: Dinero, por árboles.

martes, 8 de diciembre de 2009

Un dragón contaminado y a la vez verde


Cuando hablamos de cambio climático desde estos meridianos no tenemos una buena concepción de China. Esta nación continente es el primer emisor de bióxido de carbono, rebasando a Estados Unidos desde 2008. Los Juegos Olímpicos y el vox populi presentan a la potencia asiática como uno de los desastres ambientales más grandes, lo que es la mitad de la verdad. Con su crecimiento frenético y sus mil trescientos millones de habitantes China se enfrenta a enormes problemas de contaminación del agua, los suelos y el aire pero también es la vanguardia en lo referente a la lucha contra el calentamiento global. Las autoridades en Beijing están muy preocupadas con la pérdida de los glaciares en el Himalaya que alimentan sus dos ríos principales, el Yangzi y el Amarillo. Una sequía en el noreste está acelerando la expansión del desierto Gobi, lo que ya está amenazando a zonas de producción agrícola. Bajo el Protocolo de Kyoto, en específico con el Clean Development Mechanism (CDM) con el que los países ricos pueden facturar reducciones de sus emisiones en naciones subdearrolladas, China ha logrado obtener $2 mil millones en dólares en apoyo para modernizar su industria y disminuir el impacto ambiental de sus procesos; aquél apoyo ascenderá a $8 mil millones para el 2012. A diferencia de la mayoría de los gobiernos del planeta el Partido Comunista no requiere del consenso democrático para impulsar su agenda, lo que ha otorgado a China una enorme ventaja en el tema de la energía limpia. En 2005 se lanzó un programa de subsidios a energías limpias que tenían como meta producir 20 gigawatts de energía eléctrica con fuentes eólicas para 2020. El éxito ha sido tal que la meta ahora es producir 150 gigawatts para la segunda década de este siglo. Desde 2006 impuso como meta reducir en un 20% las emisiones per cápita de su economía, meta que por ahora es muy viable que alcance. El gobierno, cuyas reservas son masivas, ha subsidiado a gran escala los coches eléctricos y han apoyado la creación de una industria que producirá medio millón de unidades para 2012. En distintos foros los cuadros más influyentes de su clase política han hablado de la necesidad de que China se especialice como una potencia tecnológica. Por haberse excluido de la revolución digital su industria no cuenta con las patentes para generar enormes cantidades de riqueza. Consolidándose como la potencia energética del futuro sería una solución que llevaría al gigante asiático a la vanguardia de la siguiente gran revolución capitalista. China es más verde de lo que muchos creen. Y eso sólo ayuda a que se alcance un pacto significativo en Copenhague.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Copenhague comienza


La Cumbre Climática en Copenhague comienza este lunes, por lo que ahora La Tragedia se enfocará a la actual crisis ambiental. El cambio climático se ha posicionado como un tema prioritario para la agenda global, cuyos alcances pueden resultar catastróficos (ir al artículo Pobreza y cambio climático). Según los cálculos que se manejan para la cumbre escandinava las medidas para mantener el aumento de las temperaturas en los 2ºC para finales de siglo, el límite impuesto por el Panel Interdisciplinario para el Cambio Climático (PICC), tomará el 1% del output económico. Los recientes rescates bancarios han costado el 5%. El problema no reside en los costos que la humanidad deberá asumir, sino en la coordinación de las medidas desde nivel global hasta el local. Para ello la coordinación deberá traducirse en medidas efectivas de reducción de emisiones entre todos los ámbitos políticos: las instituciones internacionales (cuya vigencia será puesta a prueba), los gobiernos nacionales y los locales. Existe también un problema de equidad. Dos terceras partes de todos los gases de efecto invernadero emitidos a la atmósfera desde la Revolución Industrial han sido producidas por las naciones ricas, las cuáles aún concentran las emisiones per cápita más altas. Pero existe el caso sui generis de la nueva potencia global, China. Su crecimiento anual de dos cifras previo a la crisis y sus más de mil trescientos millones de habitantes lo posiciono como el primer emisor global a partir de 2008. Se ha convertido un comentario de sobremesa que se abre una fábrica eléctrica alimentada por carbón cada semana. Pero China se ha convertido en el actor protagónico de la Cumbre de Copenhague. Según el PICC para 2020 las naciones desarrolladas deberán disminuir sus emisiones entre 20 y 40% en comparación con el grueso de 1990. China ha anunciado un recorte de entre 40 y 45% para 2020, la reducción más significativa de todas las naciones clave. Estados Unidos tras una etapa de nula acción bajo Bush ha anunciado un recorte del 17% para el 2025 en comparación con 1990 alcanzando 30% para 2030. Pero las emisiones nacionales cuentan una historia muy diferentes a las per cápita. El chino promedio genera unas 5 toneladas de CO2 al año, el estadounidense promedio 20. Ésta disparidad deberá asumirse en la repartición de costos, beneficios y responsabilidades. Muchos países del planeta no pueden asumir los costos de adaptación al cambio climático como a sus sequías e inundaciones y eso requerirá de apoyo. La Unión de Naciones Africanas está pidiendo $67 mil millones de dólares a las naciones ricas. El Banco Mundial ha calculado una inversión necesaria de unos $475 mil millones de dólares, que se ramificará tanto en transferencias gubernamentales tanto como inversión privada. La segunda puede ser la forma más eficaz para propagar las tecnologías necesarias. Y eso necesitará un comercio global abierto y libre de proteccionismos mezquinos. Hay ideas para la repartición de los fondos, por ejemplo el gobierno mexicano ha propuesto la creación de un fondo verde global cuyos recursos provengan del producto per cápita de cada país y sus emisiones anuales. Los detalles deberán afinarse con un marco regulatorio cuya base deberá idearse en Copenhague. Es un problema de enorme complejidad que debe asumirse. Y durante esta semana veremos a fondo las implicaciones del comienzo de este largo y sinuoso reto.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Los olvidados y la energía


La pobreza es exclusión. Es sinónimo de estar excluido de la salud y la tecnología que aumentan la expectativa de vida y que empodera a los individuos. Una cuarta parte de la humanidad no tiene acceso a electricidad, una tecnología que ya existe desde hace 130 años. Buena parte de la pobreza rural (70% de la total del planeta) se agrava con la falta de acceso a combustibles como el propano forzando a la deforestación y, paulatinamente, la erosión de los suelos. De acuerdo a la ONU un punto que se debe tratar en la Cumbre de Copenhague es el acceso a fuentes de energía modernas, mermando significativamente su huella ecológica y mejorando su salud en general. El 79 por ciento de las 50 naciones más pobres no tiene acceso a la electricidad, a escala mundial son más de mil millones quinientas mil personas. Y la disparidad en el consumo global es otro tema indignante. La electricidad consumida en un día en toda África subsahariana –restando Sudáfrica- es como la de la ciudad de Nueva York. En países como Liberia, Chad y Ruanda 3 de cada 5 habitantes carecen de acceso a esta vital tecnología para el desarrollo. Dos mil millones quinientas mil personas se ven obligadas a utilizar madera y carbón como combustible. El debate de la crisis climática ha hecho énfasis en las fuentes de energía más modernas, lo que supone el riesgo de ignorar a estos billones de personas cuyas carencias aumentan su impacto ambiental enormemente. En naciones como China el gobierno central se ha encargado de proveer formas de energía moderna a sus poblaciones, en naciones pobres de Asia y África esta no es la situación. Sus gobiernos no cuentan con los recursos para propagar estas tecnologías. Los ambientalistas más radicales creerían que esto es una ventaja, ya que estas personas no contribuyen a aumentar las emisiones. Según cálculos de la ONU proveer de energía eléctrica a estas mil millones quinientas mil personas aumentaría las emisiones en 0.9 por ciento. La sustentabilidad ambiental no es posible sin que toda la humanidad tenga acceso a combustible, a la salud, la energía, al agua potable, a la comida y todos los demás avances tecnológicos que han mejorado la vida en buena parte del planeta desde el comienzo de la Revolución Industrial. Los pobres que no tienen acceso a combustibles para cocinar (como gas) terminan deforestando sus comunidades, erosionando el suelo e imposibilitándolos para generar comida para sí mismos.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Copenhague sigue viva


Estaba a punto de escribir un artículo en el que asumía el fracaso de la Cumbre climática de Copenhague y trataba de encontrar cuál sería el futuro sobre calentamiento global. Pensaba que era un derrotismo pragmático, porque más allá de la preocupación y la dificultad sigo seguro que se encontrará una solución, ya que simple y llanamente no hay otra opción. La visita de Obama a China había dejado mucho que desear. Era un encuentro necesario entre los que serán las dos potencias globales del siguiente siglo, ya por ello era un acercamiento valioso pero desilusionante. Ninguna de las dos naciones ponía metas de reducción de emisiones concretas, lo que finalmente impulsaría al resto del mundo hacia un acuerdo vinculante a escala global. Pero ha habido una vuelta de tuerca a la agenda climática. La Casa Blanca acaba de anunciar la asistencia de Barack Obama en la primera semana de las negociaciones en el país escandinavo y lo hará para anunciar metas concretas de reducción: 17% para 2020 con base a las emisiones de 2005, 30% para 2025, 42% para 2030 y 83% para mediados de siglo. China tampoco se ha quedado atrás, su Primer Ministro Wen Jiabao ha anunciado la meta de reducir las emisiones per cápita 45% para 2020 en base a los niveles de 2005. Este anuncio le ha dado un impulso a la condenada Cumbre y aunque no garantice que un pacto sea alcanzado es un compromiso medible de las dos principales potencias contaminantes del planeta. Obama tarde o temprano deberá pasar legislación sobre el tema, lo que se había paralizado ante la reforma a medicare y medicaid, el sistema de salud pública en Estados Unidos. Más allá de las dificultades hasta este momento la retórica de la reducción se había quedado hueca sin metas cuantificables. Copenhague sigue viva. Y aún es posible que se convierta en un evento histórico.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Pobreza y cambio climático


El cambio climático es relativo. Y esto es porque en cada meridiano se vivirá de forma distinta, en regiones del planeta que se quedarán secas azotadas por profundas sequías o inundadas por precipitaciones excesivas e incesantes. Cada nación y cada ciudad vivirán su propio cambio climático. Y en este relativismo los más grandes perdedores serán los países más pobres. De acuerdo a un estudio del Banco Mundial los embates del calentamiento global le costarán cuatro puntos porcentuales de crecimiento anual a África y cinco a India. Esto resulta injusto ya que los más pobres del planeta son los que menos presión ejercen sobre el medio ambiente y su “huella ecológica” es mucho menor que sus contrapartes en los países desarrollados. En 2005 las emisiones de bióxido de carbono y gases de efecto invernadero se dividieron entre los países ricos y las potencias emergentes en 45 y 50 por ciento respectivamente. La injusticia debería traducirse en compensaciones (económicas y de inversión) pero eso resulta muy difícil sobre todo por la cuantificación. Es muy difícil medir los desastres generados por el cambio climático asilándolos de otros factores pero un indicador que resulta pertinente, aunque imperfecto, es la cantidad de seres humanos afectados por desastres naturales en las últimas décadas. Entre 1981 y 1985 500 millones de personas requirieron de ayuda por desastres naturales, entre 2001 y 2005 esa cantidad había aumentado a mil millones quinientas mil. De acuerdo a cálculos publicados por The Economist unas 150 mil personas mueren al año por fenómenos relacionados al cambio climático, principalmente hambrunas relacionadas al autoconsumo agrícola y el acceso a agua potable. Sin embargo son fenómenos relacionados, no causas directas. La pobreza viene acompañada de la vulnerabilidad. Inmoviliza al espíritu más errante, esclaviza al menos libre y, como si esto fuese poco, pone en riesgo la vida misma. Y los pobres son los más vulnerables al cambio climático. Sus hogares son menos estables, están expuestos a enfermedades, habitan zonas carentes de infraestructura básica y no tienen un acceso adecuado a los sistemas de salud. Por esto los desastres naturales los lastiman más. Y las cifras respaldan este argumento. Cuando el huracán Mitch golpeó Honduras en 1998 la fracción más acaudalada perdió el 3 por ciento de su patrimonio, los más pobres entre el 15 y el 20. Pero las inundaciones son sólo una de las amenazas que se aproximan. Según se calienta el planeta la “línea de la malaria” (los trópicos y la altitud en la que el mosquito transmisor encuentra condiciones para su reproducción) se está desplazando hacia el hemisferio norte del planeta, muchas ciudades se construyeron por encima de aquella línea. Se estima que las muertes por Malaria aumentaran en 90 millones en África por este desplazamiento. Las muertes por enfermedades gastrointestinales aumentarán aproximadamente 5% en el continente africano a causa del cambio climático. Si las temperaturas continúan aumentando el 60% de la población global sufrirá de dengue (otra enfermedad de insectos y de latitudes) en algún momento de su vida para el 2070. Diez de las quince metrópolis más grandes de las naciones en desarrollo se encuentran en zonas costeras de baja altura, lo que las vuelve candidatas seguras a inundaciones producto de la pérdida de glaciares. Toda Bangladesh se encuentra por debajo del nivel del mar, tiene una concentración poblacional excesiva y se ha vuelto escenario de inundaciones constantes. Los Países Bajos, cuyo nombre explica por sí solo su problemática, invierten $100 dólares por habitante al año en medidas preventivas para inundaciones; el habitante promedio de Bangladesh genera menos de $400 dólares al año. El derretimiento de glaciares afectará el ciclo del agua del planeta y limitará aún más la accesibilidad de los pobres a ella. Para 2025 es posible que perdamos anualmente el grueso de la producción agrícola de India y Estados Unidos combinados por escasez de agua, es el equivalente al 30% de toda la producción de granos; lo que llevará a una escasez de alimentos más severa sobre todo para los más desposeídos del planeta. En cuanto a las posibles soluciones del cambio climático existen dos escuelas de pensamiento: la de la mitigación y la de la adaptación. La primera prioriza las medidas que disminuyan los daños lo más posible, lo que de acuerdo al Banco Mundial podría costar entre $140 y $675 mil millones de dólares al año (para mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2 grados centígrados). La segunda apuesta por mitigar los daños vía la adaptación, lo que prioriza la construcción de infraestructura (urbana, hidráulica, de salud etcétera) y la afinación de sistemas para atender desastres; lo que costaría $75 mil millones de dólares el año. La lógica apela a apostar por ambas y esto se debe al relativismo del cambio climático anteriormente mencionado. Para los países ricos la crisis es cuestión de disminuir el grueso de las emisiones. Pero en nuestros trópicos va más allá, es una cuestión de justicia histórica. Los países ricos han producido hasta ahora dos terceras partes de los gases de efecto invernadero desde 1850 y ahora deben compensar al resto del planeta por ello. No es de sorprenderse entonces que China apela a la importancia de las emisiones per cápita por encima de los totales nacionales. Además como habitante de México algo me queda muy claro: el cambio climático es muy grave pero también lo es la pobreza. Debemos encontrar una forma de conciliar las visiones sobre este problema, que es el de mayor complejidad en la historia de nuestra especie y que representará un reto enorme para la cooperación global y la acción colectiva. Mucho estará en juego en la Cumbre de Copenhague y no debemos perder la ambición sobre los alcances que un potencial pacto global sobre el cambio climático podría tener.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Una cuestión de población


El debate en torno a la crisis climática y ambiental se ha volcado por dos soluciones fáciles de decir pero muy difíciles de implementar: llevar a cabo una transición energética y una reindustrialización. Esto supone un reto enorme para la comunidad global, es necesario que los gobiernos del planeta impulsen el desarrollo de las energías limpias y ahí entran las naciones ricas las pobres y las potencias emergentes. Las primeras son las emisoras de contaminantes más importantes, las segundas serán las víctimas más afectadas por el cambio climático y las últimas tienen una prioridad clara de disminuir su cantidad de pobres e impulsar su desarrollo –aunque tenga que hacerse con fuentes de energías tradicionales y por ende contaminantes-. De implementarse la anhelada reindustrialización deberá existir un consenso entre las diferentes naciones del planeta, donde los países ricos e industrializados deberán apoyar a los más pobres y a las potencias emergentes en la asimilación de nuevas tecnologías. Pero la transición energética y la reindustrialización no son la única solución a estas contingencias. De acuerdo a un estudio publicado por Thomas Wire del London School of Economics el control poblacional es cinco veces más barato que cualquier tecnología limpia para abatir el cambio climático. Pero por ahora el control poblacional no se ha debatido a fondo y las proyecciones no son nada alentadoras. De mantenerse las tasas de reproducción actuales alcanzaremos los 9 mil millones para 2050. Cada humano nuevo representa una carga mayor sobre los ecosistemas. Pero de acuerdo a Michael Potts de la Universidad de California cada año se dan 80 millones de embarazos no deseados. Un estudio publicado por la ONU titulado Adding it Up: the Benefits of Investing in Sexual and Reproductive Healthcare afirma que 72% de estos embarazos podrían prevenirse si se le facilitasen el acceso a anticonceptivos a las mujeres. El Optimum Population Trust una organización ambientalista de Inglaterra calculó los costos del control de emisiones de bióxido de carbono en relación con la accesibilidad de anticonceptivos entre 2010 y 2050. Los resultados son muy alentadores: una tonelada de CO2 puede ahorrarse por $7 dólares con métodos de planificación familiar, ahorrar una tonelada de bióxido de carbono con tecnologías verdes costaría $32 dólares. Si logramos facilitar anticonceptivos a esas 80 millones de madres podríamos ahorrar 34 mil millones de toneladas de CO2. Por ello debemos estar al pendiente que el control poblacional –como un compromiso de cooperación global- se discuta e implemente en la Cumbre sobre el cambio climático a celebrarse en Copenhague en diciembre.

lunes, 12 de octubre de 2009

Dinero, por árboles


En diciembre las naciones del planeta se encontrarán en Copenhague. La capital danesa será el escenario para alcanzar una solución a lo que Scott Barrett, economista de la Universidad de Columbia en Nueva York, ha llamado “el problema colectivo más grande de la historia”: el cambio climático. La complejidad de alcanzar un consenso que reemplace al Protocolo de Kioto es enorme ya que enfrenta –en un nivel muy superfluo- dos posturas enfrentadas; la del primer mundo para disminuir su parte mayoritaria de emisiones y el derecho de las naciones más pobres del planeta a alcanzar una vida digna, con un acceso al consumo que sólo sus contrapartes han conocido. Pero más allá de este complejo y sinuoso escenario es necesario analizar las propuestas específicas, aquellas que ayudarán a los ecosistemas a nivel local, ámbito en el que sustentabilidad debe materializarse. En la ciudad Alemana de Bonn se ha estado tratando de afinar un sistema llamado Reduced Emissions from Deforestation and Degradation (REDD) cuyo objetivo es unificar una acción global para que los países con árboles y bosques tropicales los conserven enfriando la temperatura del planeta por medio de incentivos. La idea es integrar el REDD al Clean Development Mechanism (CDM) un sistema que obligaría a los grandes países emisores a pagar dinero a naciones pobres para que conserven sus árboles –los bosques tropicales se encuentran en los trópicos, en los países pobres del planeta-. Con esto se espera que los bosques se integren a la economía global por los servicios ambientales que proveen, como capturar bióxido de carbono. El sistema operaría como un fondo global a manos de Naciones Unidas, con bonos sobre cada tonelada de CO2 capturada. Algo positivo es que ya existe una fundamentación para instaurar este sistema, en 2008 las inversiones verdes para mantener bosques tropicales representó $705 millones de dólares. Sin embargo éstas fueron de carácter altruista y voluntario. El dinero del REDD ayudaría a que diferentes grupos autóctonos puedan diversificar su actividad económica para que no acaben con los recursos naturales de los lugares donde habitan. El problema va a ser afinar un sistema que lleve los recursos a donde deben llegar, que traspase las barreras de burocracia y corrupción que permean a las naciones más pobres donde aún se encuentran los pulmones de la tierra. REDD será propuesto en la cumbre de Copenhague en menos de dos meses y puede ser el sistema que detenga la deforestación de los bosques tropicales en Brasil, Borneo, Guyana, México etc. Esperemos que la medida esté a la altura de “el problema colectivo más grande de la historia”.