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miércoles, 31 de marzo de 2010

La sinuosa [e incierta] crisis ambiental I

Uno de los más grandes problemas de los mexicanos es nuestra visión aldeana de las problemáticas comunes. Nuestra cultura moderna, engendrada y distorsionada en el nacionalismo, ha gestado a una raza de bronce ensimismada que no ve más allá de lo ocurre entre los Ríos Usumacinta y Suchiate al sur y el Bravo al norte. Las pruebas en la vida diaria abundan. Basta abrir un periódico o mirar un noticiero para observar un predominio casi absoluto de las problemáticas nacionales y una desvinculación delirante de sus contrapartes globales que inevitablemente nos afectan. Por ello dejaremos de un lado el narcotráfico y la siempre debatida -pero jamás aprobada- reforma política para discutir un tema más allá de nosotros pero en el que, irónicamente, también somos protagonistas en un extenso reparto: la actual crisis ambiental. El cambio climático es sólo la faceta más crítica y contingente de esta crisis que es multifacética. Lo que resulta irónico de esta situación es que estos retos surgen a raíz de una historia de progreso y éxitos para nuestra especie. En los últimos 50 años el consumo global de comida y agua ha crecido por arriba del triple y la utilización de combustibles hidrocarburos se ha cuadruplicado. Actualmente la humanidad ocupa entre un tercio y la mitad de la toda la capacidad fotosintética del planeta, fundamentalmente para sostener la producción alimentaria. Esta apropiación humana del planeta se dio a la par de un crecimiento poblacional exponencial. De acuerdo al economista de la Universidad de Columbia Jeffrey Sachs, la humanidad era 230 millones de individuos para el primer año de la era cristiana. Para 1800 nos cuadriplicamos alcanzando el primer billón (mil millones). En los próximos 175 años la población mundial se sextuplicó alcanzando los seis y medio miles de millones en 2005. Si a este crecimiento frenético agregamos los avances exponenciales en productividad y tecnología que se dieron en este periodo, resulta muy explicable los detonantes de estas contingencias. De acuerdo a un estudio publicado por Johan Rockström en la revista Nature (septiembre 24 de 2009) existen 9 procesos ambientales que sustentan la vida en nuestro planeta: la biodiversidad, la concentración de partículas en la atmósfera, la contaminación química, el cambio climático, la acidificación del océano, la degradación de la capa de ozono, la intervención humana en el ciclo del fósforo y el nitrógeno, el uso del agua potable y el uso de la tierra. El estudio titulado A safe operating space for humanity fue un esfuerzo internacional exhaustivo dedicado a dar respuestas a unas difíciles preguntas: ¿Cuáles son los límites (cuantificables) de esos procesos? ¿Qué tanta degradación pueden tolerar antes de alcanzar un punto de quebranto irreparable? Tres de esos procesos ya encuentran esta capacidad rebasada. Esto es el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación de nitrógeno. Para este momento la concentración de partículas de bióxido de carbono en la atmósfera es de 387 por cada millón, el estudio anteriormente citado utilizó el estimado más bajo de 350 partículas por millón (ppm) para minimizar las consecuencias del calentamiento global. El rango máximo se encuentra en 550 ppm. El problema de esto reside en la incertidumbre de la ciencia climática. No sabemos con certeza los límites del complejo sistema climático, por lo que existe la posibilidad que hayamos rebasado el límite y nos encaminemos a una catástrofe global (o a varias en la forma de sequías prolongadas, el colapso de la agricultura regional y cambios en los patrones del ciclo del agua). Pero esa no es la única complicación, en la cadena determinista del medio ambiente un proceso al borde del colapso está correlacionado directamente con uno que aún no se encuentra al límite (aunque esto no justifica la inacción); la acidificación de los océanos. Éstos son de los sistemas termorreguladores más importantes del planeta absorbiendo cantidades masivas de CO2. Al contacto con el agua el bióxido se disuelve en forma de ácido carbónico. Esto está alterando el PH natural de los océanos, lo que puede llevar a extensiones masivas en sus complejos ecosistemas. Ambos problemas requieren que llevemos a cabo una transición de una economía altamente contaminante a una sustentable basada en energías limpias. Esto es sólo un ejemplo de nuestra compleja incidencia en las inciertas vicisitudes de la actual crisis ambiental. Y para la siguiente entrada veremos la pérdida acelerada de biodiversidad, la contaminación de nitrógeno y la racionalización del agua.

sábado, 20 de febrero de 2010

Los Restos de Copenhague

Las derrotas jamás son totales. En los escombros de lo perdido siempre podremos encontrar vestigios de victorias aquellas marcas imborrables de los éxitos que, por más pequeños que sean, siempre estarán allí como una cicatriz en la infinidad de la construcción del tiempo. Y aunque tendemos al melodrama de la totalidad, aquella inercia que nos guía al derrotismo más profundo o al delirio de la victoria más abrumante, estos dos estados siempre se manifestarán a medias tintas. Esto aplica a la Cumbre de Copenhague aquél encuentro de las naciones que tenían la épica tarea de reemplazar el Protocolo de Kioto con un nuevo tratado global que vinculase a las potencias globales, a las emergentes y a los países pobres en un compromiso para disminuir sus emisiones de CO2 evitando un cambio climático catastrófico más adelante en este siglo. La Cumbre fracasó en esta aspiración y el tratado emanado de ésta fue tachado como una abrumante derrota. Y aunque en base a esta aspiración sin lugar a duda lo fue, algo se logró de este encuentro global. Las naciones se comprometieron, si ningún tratado de por medio, a bajar sus emisiones de bióxido de carbono lo más posible. La suma de esa reducción no basta. Con los niveles actuales existe el riesgo de aumentar las temperaturas entre 1.7 y 4.7°C en 90% para 2100. El límite impuesto era de 2°C hacia finales de este siglo. Esta insuficiencia es sin lugar a duda una derrota. Pero antes de la cumbre las reducciones totales de emisiones globales eran de 3.6 miles de millones de toneladas de CO2. Tras la cumbre aumentó a 5 mil millones de toneladas. 4.2 de ese ahorro será contribución de los países en desarrollo. Esto representa un aumento de dos tercios previo a Copenhague. La mayoría de esta reducción proviene de planes relativamente baratos de reducción de emisiones implementados principalmente por Brasil e Indonesia. La deforestación contribuye al 20% de las emisiones de CO2 anuales. La voluntad de las naciones en subdesarrollo se manifestó en la Cumbre y representa una pequeña victoria que nadie percibió. El problema recae en los países ricos, sobretodo EEUU. Los norteamericanos deben aprobar pronto un sistema de gravámenes sobre sus emisiones, lo que traería consigo una participación mayor de China y un aumento en la reducción de la Unión Europea. Detener la deforestación es una medida más costeable y de alto impacto para abatir el cambio climático, el problema es que no resulta sostenible. De tener éxito las tasas de deforestación podría llegar a cero para 2030. De no tomar otras medidas paliativas las emisiones de otros causantes podría aumentar y las soluciones se volverán más difíciles de implementar (como llevar al sector eléctrico a una transición de la generación de energía por medio de carbón hacia fuentes nucleares). A pesar de estos retos hubo pequeñas victorias en la gran derrota danesa. Pero para encontrarlas primero hay que buscar en el monolito derrotista que a veces nos ciega.

Para aunar más:
Dinero, por árboles
Hacia mediados de siglo
Una cuestión de población
Pobreza y cambio climático
Los olvidados y la energía
Dinero por árboles, en la práctica

jueves, 10 de diciembre de 2009

Las posturas de Copenhague


Ayer se filtró un borrador de un acuerdo en Copenhague el cual ya fue desechado esta mañana por las acusaciones de las naciones en desarrollo que dicen que beneficiaba a los países más ricos. Lo que ocurre en la cumbre climática es el debate de muchas posturas encontradas, lo que demuestra la complejidad del cambio climático como problema colectivo. Me parece un ejercicio importante sintetizar las principales corrientes y posturas que están chocando en la capital danesa.

Primero está la postura de las naciones más ricas entorno al Protocolo de Kioto, que vence en 2012. Este acuerdo vinculante sólo obliga a los países ricos a reducir sus emisiones, lo que resulta anacrónico ante el crecimiento de las potencias emergentes como India, China y Brasil. Las naciones más desarrolladas bajo el Protocolo pueden facturar reducción de emisiones en países pobres con el Clean Development Mechanism (CDM), con el que hacen transferencias de capitales para apoyar procesos industriales de bajo impacto ambiental. Un nuevo acuerdo climático vinculante que sea sustentable al largo plazo deberá imponer reducción de emisiones a los nuevos protagonistas de la economía global. Existe la idea de que la cooperación internacional para impulsar una transición energética en los países pobres se enfoque a disminuir los índices de riesgo de inversión e incentivar la transferencia de tecnología por medio de mercados de capital privados. Los mercados de capital han sido históricamente mucho más eficaces para propagar tecnologías que los programas gubernamentales y un ejemplo de ello son los teléfonos celulares.

La segunda postura es la de las potencias emergentes, en la que entra México. Defienden la idea de que el primer mundo debe asumir los costos del cambio climático, lo que resulta lúcido al saber que dos terceras partes de las emisiones liberadas a la atmósfera desde 1850 fueron producto de los países industrializados. Hu Jintao ya ha declarado que los países ricos deben aportar el 1% de su Producto Interno Bruto al año para garantizar la adaptación de los países pobres. Mi país, como ya he mencionado en este blog, ha propuesto la creación de un fondo global operado por el Banco Mundial para medidas paliativas y de adaptación al calentamiento global.

Existe una tercera postura que comparten las naciones pobres con importantes capitales naturales (como Guyana o Borneo). Éstos están a favor de programas como el Reduced Emissions from Deforestation and Degradation (REDD) que plantea transferencias directas a habitantes pobres de zonas de importancia natural como bosques tropicales y zonas costeras. La idea sería diversificar la actividad económica y reconocer el valor de los servicios naturales que estos lugares proveen. En Copenhague ya se propuso la idea de ampliar el REDD a medidas de conservación más allá de los bosques tropicales y selvas. En este grupo entran los Estados nación que son islas que consideran el aumento de los niveles del mar como una amenaza a su existencia.

Sobre estas dos últimas posturas descansa la problemática operativa más profunda de la Cumbre: crear un marco regulador para las transferencias millonarias entre las naciones ricas y pobres, garantizando medidas vinculantes que obliguen a los gobiernos nacionales a implementar los cambios necesarios encaminados a la sustentabilidad. Kioto no contiene nada relacionado a transferencias de esta naturaleza, lo que sería la otra gran omisión del protocolo. Estas son las principales posturas que se están enfrentando en la capital danesa. De acuerdo a expertos las medidas que se están debatiendo suman un 80% de la reducción de emisiones requeridas para mantener el aumento global de las temperaturas por debajo de los 2º grados centígrados establecidos por el PICC. Ahora debemos alcanzar los puntos de acuerdo que puedan fungir de base para encarar el problema colectivo más complejo de la historia.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Copenhague sigue viva


Estaba a punto de escribir un artículo en el que asumía el fracaso de la Cumbre climática de Copenhague y trataba de encontrar cuál sería el futuro sobre calentamiento global. Pensaba que era un derrotismo pragmático, porque más allá de la preocupación y la dificultad sigo seguro que se encontrará una solución, ya que simple y llanamente no hay otra opción. La visita de Obama a China había dejado mucho que desear. Era un encuentro necesario entre los que serán las dos potencias globales del siguiente siglo, ya por ello era un acercamiento valioso pero desilusionante. Ninguna de las dos naciones ponía metas de reducción de emisiones concretas, lo que finalmente impulsaría al resto del mundo hacia un acuerdo vinculante a escala global. Pero ha habido una vuelta de tuerca a la agenda climática. La Casa Blanca acaba de anunciar la asistencia de Barack Obama en la primera semana de las negociaciones en el país escandinavo y lo hará para anunciar metas concretas de reducción: 17% para 2020 con base a las emisiones de 2005, 30% para 2025, 42% para 2030 y 83% para mediados de siglo. China tampoco se ha quedado atrás, su Primer Ministro Wen Jiabao ha anunciado la meta de reducir las emisiones per cápita 45% para 2020 en base a los niveles de 2005. Este anuncio le ha dado un impulso a la condenada Cumbre y aunque no garantice que un pacto sea alcanzado es un compromiso medible de las dos principales potencias contaminantes del planeta. Obama tarde o temprano deberá pasar legislación sobre el tema, lo que se había paralizado ante la reforma a medicare y medicaid, el sistema de salud pública en Estados Unidos. Más allá de las dificultades hasta este momento la retórica de la reducción se había quedado hueca sin metas cuantificables. Copenhague sigue viva. Y aún es posible que se convierta en un evento histórico.