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jueves, 25 de febrero de 2010

Por un Ingreso Universal



La pobreza viene acompañada de la vulnerabilidad. Inmoviliza al espíritu más errante, esclaviza al menos libre y, como si esto fuese poco, pone en riesgo la vida misma (fragmento del artículo Pobreza y Cambio Climático).

¿Qué hacer con la pobreza en el amanecer del siglo XXI? ¿Cómo podremos aliviar esta condición que afecta a mil millones cuatrocientas mil personas que viven con menos de un dólar con veinticinco centavos al día? ¿Cómo podemos empoderar a los más excluidos para hacer frente a un futuro de vulnerabilidad marcada por el cambio climático? Una de las ideas más innovadoras e interesantes viene por el flanco de los derechos humanos; la idea sería instaurar un Ingreso Básico Universal (IBU) para todas las personas menores de 60 años. Este costeable ingreso sería una transferencia no condicionada, lo que rompe con los esquemas de apoyo exitosos como Oportunidades en México y Bolsa Familia en Brasil. Con su instauración la condición humana estaría acompañada del derecho a un ingreso, un faltante que se ha mostrado apremiante en estas últimas décadas. Además sería un instrumento de empoderamiento, una herramienta con la que cuenten los más pobres del planeta para escapar al ciclo vicioso que no les permite escapar a las privaciones que los aquejan. Sin embargo los detractores del IBU tienen lúcidos argumentos: un ingreso garantizado y no condicionado podría conllevar a un mal manejo de los recursos (mal invertir en nutrición o gastarlo sin fines productivos) y a incentivar el desempleo entre los más desposeídos. Sin embargo ya existen respuestas a esas críticas provenientes de África, en específico de Namibia. Una coalición a favor del BIG (por las siglas en inglés de Basic Income Grant) integrada por Organizaciones de la Sociedad Civil (OSCs), iglesias y sindicatos se dieron a la tarea de sacar esta idea de la izquierda cosmopolita y globalizada para implementarla en una pauperizada comunidad de Otjivero-Omitara. Ahí el IBU sería puesto a prueba en un programa piloto y sus resultados publicados en 2009 fueron sorprendentes. Desde 2008 todos los habitantes por debajo de los sesenta años de edad (930 en total) recibirían el equivalente en moneda local a $13 dólares americanos mensualmente durante dos años. Los beneficiarios menores de 21 recibían la ayuda por medio de un pariente, sobre todo las madres. A cada uno se le abrió una cuenta bancaria para depositarles, lo que representó garantizarles el acceso a los servicios financieros como la obtención de créditos, factores clave para abatir las llamadas trampas de pobreza. Se instaló a su vez un consejo comunitario que regularía los aspectos comunes de la obtención del Ingreso. Este órgano determinó que, ante los altos índices de alcoholismo en la comunidad, sería necesario cerrar locales donde se vendieran bebidas embriagantes el día de la repartición del IBU. Para el sondeo del año pasado el porcentaje de población empleada (por terceros o proyectos productivos propios) aumentó de 44 a 55 por ciento. La tasa de desnutrición infantil cayó de 42 a 10 por ciento, factor que incidió positivamente en la matrícula escolar (las tasas de deserción disminuyeron de entre 30 y 40 a 5%). La delincuencia se desplomó en 42 puntos porcentuales y no se encontraron evidencias de un aumento del alcoholismo en la comunidad. Los crímenes relacionados a la pobreza cayeron un 11%. Para noviembre de 2007 sólo el 50% de los hogares contaban con electricidad, para julio de 2008 habían aumentado a 72%. Los habitantes que no presentaban problemas de pobreza alimentaria aumentaron de 20 a 60% acompañado por una marcada mejora de los hábitos alimenticios. Los rendimientos originales del IBU ($13 USD) aumentaron hasta $19.40 dólares, lo que demuestra la creación de un ciclo económico virtuoso a raíz del programa. Estas cifras demuestran como el ingreso, concebido como un derecho humano, podría cambiar la cara de la pobreza global. Y pronto veremos que su implementación no es sólo conveniente sino que es económicamente muy viable.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Terapia para los más pobres


La psicoterapia siempre se ha relacionado con la modernidad, el ocio y el estrés de la vida urbana orilla a los individuos a los traumas existencialistas más profundos. No por ello un ilustre neoyorkino neurótico, Woody Allen ha sido un paciente eterno de su psicólogo. Pero los traumas y las patologías no sólo se dan en la ciudad norteamericana cuyo ingreso per cápita anual oscilaba en los $50,919 dólares en 2008. Un reciente estudio ha demostrado algo que suena obvio pero que jamás se había considerado: los más pobres del planeta están expuestos a muchas más situaciones traumáticas y resulta igual de importante velar por su bienestar mental cómo patrimonial y alimentario. Frank Neuner un psicólogo de la Universidad de Bielefeld en Alemania ha ayudado a más de 14 mil refugiados ruandeses a tratar sus casos de síndrome de estrés postraumático, un trastorno psiquiátrico que se presenta en personas que han vivido experiencias traumáticas (en el que hay regresiones continuas al evento que detonó el síndrome, como una violación o un asesinato). Aplicando una terapia conocida como “exposición narrativa” Neuner ha logrado parar las pesadillas y la conducta violenta de estos refugiados, que han sido expuestos a las experiencias más traumáticas y violentas imaginables. Después de cuatro sesiones de una hora un niño de trece años ha logrado marcadas mejorías para asimilar la pesadilla que vivió: su mejor amiga fue violada y asesinada delante de él. Estudios como éste pueden resultar revolucionarios, ninguna agencia u organismo internacional considera el bienestar psicológico de los más pobres. Pero en los últimos 10 años diferentes proyectos han demostrado lo grave de esta omisión que jamás se ha incluido en los programas de salud destinados para los más desposeídos del planeta. Madres pobres que sufren de depresión postparto se han visto beneficiadas por el acceso a psicoterapeutas. Un estudio llevado a cabo por la Universidad de Liverpool demostró que este brote de depresión se da más en las zonas pobres del sur de Asia que en las naciones desarrolladas (en ciertas zonas el 30% de las madres sufren de este padecimiento, lo que es el doble de la media global). Las mujeres pobres con hijos malnutridos tienden a desesperarse y dejan de buscar alternativas nutritivas para los suyos. Todo esto está llevando a una misma conclusión: los individuos cuya existencia se basa en sobrevivir son más vulnerables a las patologías que sus contrapartes en los países ricos. La ONU, el Banco Mundial, el BID y el PNUD deberían tomar nota e integrar este importante pendiente a sus proyectos de salud.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Pobreza y cambio climático


El cambio climático es relativo. Y esto es porque en cada meridiano se vivirá de forma distinta, en regiones del planeta que se quedarán secas azotadas por profundas sequías o inundadas por precipitaciones excesivas e incesantes. Cada nación y cada ciudad vivirán su propio cambio climático. Y en este relativismo los más grandes perdedores serán los países más pobres. De acuerdo a un estudio del Banco Mundial los embates del calentamiento global le costarán cuatro puntos porcentuales de crecimiento anual a África y cinco a India. Esto resulta injusto ya que los más pobres del planeta son los que menos presión ejercen sobre el medio ambiente y su “huella ecológica” es mucho menor que sus contrapartes en los países desarrollados. En 2005 las emisiones de bióxido de carbono y gases de efecto invernadero se dividieron entre los países ricos y las potencias emergentes en 45 y 50 por ciento respectivamente. La injusticia debería traducirse en compensaciones (económicas y de inversión) pero eso resulta muy difícil sobre todo por la cuantificación. Es muy difícil medir los desastres generados por el cambio climático asilándolos de otros factores pero un indicador que resulta pertinente, aunque imperfecto, es la cantidad de seres humanos afectados por desastres naturales en las últimas décadas. Entre 1981 y 1985 500 millones de personas requirieron de ayuda por desastres naturales, entre 2001 y 2005 esa cantidad había aumentado a mil millones quinientas mil. De acuerdo a cálculos publicados por The Economist unas 150 mil personas mueren al año por fenómenos relacionados al cambio climático, principalmente hambrunas relacionadas al autoconsumo agrícola y el acceso a agua potable. Sin embargo son fenómenos relacionados, no causas directas. La pobreza viene acompañada de la vulnerabilidad. Inmoviliza al espíritu más errante, esclaviza al menos libre y, como si esto fuese poco, pone en riesgo la vida misma. Y los pobres son los más vulnerables al cambio climático. Sus hogares son menos estables, están expuestos a enfermedades, habitan zonas carentes de infraestructura básica y no tienen un acceso adecuado a los sistemas de salud. Por esto los desastres naturales los lastiman más. Y las cifras respaldan este argumento. Cuando el huracán Mitch golpeó Honduras en 1998 la fracción más acaudalada perdió el 3 por ciento de su patrimonio, los más pobres entre el 15 y el 20. Pero las inundaciones son sólo una de las amenazas que se aproximan. Según se calienta el planeta la “línea de la malaria” (los trópicos y la altitud en la que el mosquito transmisor encuentra condiciones para su reproducción) se está desplazando hacia el hemisferio norte del planeta, muchas ciudades se construyeron por encima de aquella línea. Se estima que las muertes por Malaria aumentaran en 90 millones en África por este desplazamiento. Las muertes por enfermedades gastrointestinales aumentarán aproximadamente 5% en el continente africano a causa del cambio climático. Si las temperaturas continúan aumentando el 60% de la población global sufrirá de dengue (otra enfermedad de insectos y de latitudes) en algún momento de su vida para el 2070. Diez de las quince metrópolis más grandes de las naciones en desarrollo se encuentran en zonas costeras de baja altura, lo que las vuelve candidatas seguras a inundaciones producto de la pérdida de glaciares. Toda Bangladesh se encuentra por debajo del nivel del mar, tiene una concentración poblacional excesiva y se ha vuelto escenario de inundaciones constantes. Los Países Bajos, cuyo nombre explica por sí solo su problemática, invierten $100 dólares por habitante al año en medidas preventivas para inundaciones; el habitante promedio de Bangladesh genera menos de $400 dólares al año. El derretimiento de glaciares afectará el ciclo del agua del planeta y limitará aún más la accesibilidad de los pobres a ella. Para 2025 es posible que perdamos anualmente el grueso de la producción agrícola de India y Estados Unidos combinados por escasez de agua, es el equivalente al 30% de toda la producción de granos; lo que llevará a una escasez de alimentos más severa sobre todo para los más desposeídos del planeta. En cuanto a las posibles soluciones del cambio climático existen dos escuelas de pensamiento: la de la mitigación y la de la adaptación. La primera prioriza las medidas que disminuyan los daños lo más posible, lo que de acuerdo al Banco Mundial podría costar entre $140 y $675 mil millones de dólares al año (para mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2 grados centígrados). La segunda apuesta por mitigar los daños vía la adaptación, lo que prioriza la construcción de infraestructura (urbana, hidráulica, de salud etcétera) y la afinación de sistemas para atender desastres; lo que costaría $75 mil millones de dólares el año. La lógica apela a apostar por ambas y esto se debe al relativismo del cambio climático anteriormente mencionado. Para los países ricos la crisis es cuestión de disminuir el grueso de las emisiones. Pero en nuestros trópicos va más allá, es una cuestión de justicia histórica. Los países ricos han producido hasta ahora dos terceras partes de los gases de efecto invernadero desde 1850 y ahora deben compensar al resto del planeta por ello. No es de sorprenderse entonces que China apela a la importancia de las emisiones per cápita por encima de los totales nacionales. Además como habitante de México algo me queda muy claro: el cambio climático es muy grave pero también lo es la pobreza. Debemos encontrar una forma de conciliar las visiones sobre este problema, que es el de mayor complejidad en la historia de nuestra especie y que representará un reto enorme para la cooperación global y la acción colectiva. Mucho estará en juego en la Cumbre de Copenhague y no debemos perder la ambición sobre los alcances que un potencial pacto global sobre el cambio climático podría tener.