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miércoles, 19 de mayo de 2010

La muralla de la clase política mexicana

El concepto de gobernanza es uno nuevo en el ideario colectivo de la política. Significa la la suma de las múltiples maneras como los ciudadanos y las instituciones, públicas y privadas, encaran problemáticas comunes. Bajo este modelo lo público deja de ser un monopolio de la clase política para convertirse en un campo incluyente, en el que todos los agentes inciden en lo que afecta a la totalidad del colectivo. En México lamentablemente estamos muy carentes en este aspecto. En lo que respecta a la representatividad legislativa los partidos ejercen un control monopólico, aplicando rígidas prácticas de control sobre sus legisladores que los distancian de sus representados y sus necesidades reales. La falta de reelección, rendición de cuentas, la votación “en bloque” son algunos ejemplos. Mientras tanto la sociedad mexicana se ha encauzado en un proceso de democratización pujante y ahora ha rebasado con creces a los políticos que en algún momento encabezaron la transición del modelo de partido único. El problema es que esto trae consigo a una élite política aislada y delirante que habita una suerte de feudo amurallado que los desapega absolutamente de la realidad. La falta de una reforma fiscal coherente, la ineptitud para aprobar una muy necesitada reforma de seguridad o el nuevo marco regulatorio inoperante de Petróleos Mexicanos demuestran este argumento. Las ideologías, adaptadas a conveniencia de los intereses particulares de diferentes grupos públicos y privados, permean el debate colectivo y lo limitan enormemente. Y esta situación se agrava mucho más cuando consideramos la complejidad de los grandes temas a encararse hacia mediados de este siglo: la transición energética, la pérdida del bono demográfico, la competitividad global o el cambio climático. El PRI, el PAN y el PRD no cuentan con el conocimiento y la información requerida para hacer frente a estas problemáticas que les rebasan con creces. Su dogmatismo ideológico, que siempre ampara pragmáticamente a diferentes entes monopólicos, los ha convertido más en un lastre que una fuente de pactos y soluciones viables. El ámbito político debe abrirse del control monopólico, mientras esto no ocurra la apertura en el sector educativo, televisivo, energético y de telecomunicaciones se vislumbra muy distante. Los debates en torno a la ahora carente reforma energética en 2008 se han convertido en un ícono de la pésima calidad del diálogo en nuestro país. Aún recuerdo como Héctor Aguilar Camín y Lorenzo Meyer se pavonearon en el evento como la celebridad más vulgar en una alfombra roja. El líder del sindicato petrolero Carlos Romero Deschamps brilló por su ausencia. Mientras tanto expertos energéticos como David Shields no recibieron atención alguna de los medios, palidecidos ante la gigantesca sombra mediática de la comentocracia (todos humanistas sin rigor técnico alguno). Ahora el debate energético se hará a un lado para dar paso a la negación de la inmediatez: la recuperación económica actual y el alza de los precios del barril bloquearán la posibilidad de debatir y encarar los grandes problemas nacionales. Pero esta negación tiene una explicación más profunda que le escapa a la coyuntura: una clase política sin verdadera rendición de cuentas puede ampararse en la relativa situación de apogeo para no enfrentar nuestros profundos problemas como nación. Nuestro sistema petrolero ampara un sistema fiscal ineficaz e insostenible, esto a su vez se traduce en un sistema de subsidios que beneficia a las fracciones más acaudaladas de la población y que mantiene el poder monopólico en una infinidad de bastiones nuestra economía y sociedad. Los ciudadanos estamos bloqueados para hacer llegar nuestras exigencias y mientras esta situación perdure nuestro país no mejorará. Debemos pugnar por una democracia moderna, fundamentada en una gobernanza incluyente que nos acerque al pragmatismo y nos aleje de la demagogia. Eso implica que lo público no se monopolice. Y para ello la muralla de la clase política mexicana debe ser derribada.

lunes, 26 de abril de 2010

Sobrevivir a los tiempos de la Televisión

Este artículo fue parte de una colaboración para una revista electrónica [Link]

Vivimos en tiempos de banalización. Las artes y la cultura, bajo la idea de la masificación, han entrado en un proceso de devaluación del contenido. Para actuar no hay que ser actor y la música ya no es un nicho seguro de los individuos con talento inherente. Esto resulta paradójico ya que en un momento de la historia de la humanidad las artes eran un monopolio del ocio para ciertos elegidos como lo fue para la familia Medici en la Italia renacentista. Con artistas como Andy Warhol y la aparición de la cinematografía en 1895 las artes pasaron a la masificación, un efecto colateral de la igualdad predicada por los cánones del progreso. Luego se dio otro momento clave con la aparición de la televisión a finales de la década de los 30. Nos encaminábamos en una línea recta al abismo de los contenidos lumpen, el culto a las celebridades, la imposición del amarillismo periodístico y la degradación del debate colectivo en torno a las problemáticas comunes. Con la televisión las artes visuales podían llegar a la intimidad de los hogares, rompiendo una barrera de privacidad antes imbatible. Nació lo que Mario Vargas Llosa llama la civilización del espectáculo (Letras Libres, febrero de 2009). Para el autor peruano este nuevo entorno se basa en realzar el hedonismo y rehuirle a cualquier situación o temática que contradiga este ideal. Para ello el entretenimiento se emparentó inevitablemente con la publicidad para crear un peligroso binomio. En México la cuestión se agrava más ante el ámbito duopólico de las televisoras, con Televisa llevándose la amplia mayoría, 72.3% de la audiencia mexicana en 2008 (¿monopolio?). Esta situación aunada al lumpenaje de los contenidos mediáticos genera una tormenta perfecta para la televisión en México: con la falta de competencia real la mejora de los contenidos se ha convertido en una llamada a misa. De ahí sale la adopción más burda de programas foráneos como el infame Big Brother o la infinita repetición de las mismas fórmulas temáticas para presentar año con año las mismas telenovelas con diferentes títulos. La subversión, la originalidad y el libre pensamiento están en un segundo plano muy rezagado ¿Cómo sobrevivir, mental y espiritualmente, a los tiempos de la televisión en un país como México? La solución recae en la raíz de la problemática: la democratización masiva de las artes y el entretenimiento. Mientras que en nuestro país se privilegia la corporación monopólica esta revolución ha traído consigo un empoderamiento nunca antes conocido en la exposición y participación mediática de los individuos, sobre todo vía internet. Los blogs, los videos personalizados y las redes sociales son sólo algunos ejemplos de una gama prácticamente infinita de posibilidades. Con estas herramientas es posible hacer propia la causa de luchar contra esta inercia arrolladora hacia la banalización. Permite generar espacios alternativos de encuentro, presentar disyuntivas a los discursos dominantes y compartir contenidos que nos estarían negados en otros tiempos o situaciones. Para ello se requiere replantear nuestro papel como ciudadanía, dejando atrás el culto a la corporación que nos aqueja y responsabilizarnos individualmente con nuestros retos colectivos. Aunque estos cambios se vislumbren distantes los medios ya están ahí. Y no podemos menospreciar estas herramientas que nos permitirán sobrevivir a los tiempos de la televisión.

jueves, 22 de abril de 2010

Cambios

Nuestra clase política brilla por su ineptitud. El dogmatismo, la corrupción y el nacionalismo más cínico son sólo algunas palabras que describen a las altas esferas de nuestros partidos, que parecen testigos mudos a un país asediado por la violencia, los monopolios y la desigualdad. Uno de los principales problemas es que la clase política ejerce un control monopólico sobre su propio ámbito y lo ha manifestado rechazando las candidaturas ciudadanas independientes. Por ello no trastocan los intereses monopólicos ya que ello requeriría de un ejercicio de autocrítica que no están dispuestos a ejercer (además de la obviedad de que cada agrupación política está coludida con algún monopolio ya sea público o privado, sin excepción alguna). Ante esta situación a veces me resulta sorprendente conocer a personas lo suficientemente ilusas y dogmáticas para creer que la soluciones saldrán de la cantera política, en forma de caciques que evocan a nuestra naturaleza autoritaria y corporativista. Mientras tanto el país se rezaga y la mayoría parece estar cegada de las soluciones reales que mejorarían la situación al largo plazo. Para los que tengan afán reproductivo (cuentan con toda mi admiración…) parece no preocuparles el país que le heredaremos a las generaciones venideras, para cuando nos recuerden como aquellos imbéciles delirantes que les impusieron una tiranía transgeneracional. Esta desvinculación absoluta también se basa en nuestra falta total de concepto de ciudadanía: no somos mexicanos somos estratos (“naco” o “la gente”, “gente bien” o “güero”, los hay para todos los niveles de negación y delirio) o miembros adscritos a alguna corporación (electricista, petrolero, maestro, burócrata, empresario). Con estas concepciones no nos damos cuenta del destino común que compartimos y negamos las similitudes que abruman a las diferencias. El panorama es desalentador: la pérdida de capital humano por la migración es incalculable, expulsando a los mexicanos jóvenes que deberían ayudar al país a salir adelante; estamos dilapidando nuestro capital ambiental (ya hemos perdido el 95% de los bosques tropicales y ni siquiera hemos llevado a cabo un censo de nuestros acuíferos); la economía no es libre y está restringida a los intereses de un sector paraestatal del viejo régimen y un empresariado autoritario; las izquierdas y las derechas son nacionalistas e inoperantes; no nos estamos preparando para una inminente revolución energética y los que predican que el petróleo es nuestra identidad nacional mienten rozando en lo criminal; los únicos sectores que ofrecen sobresalir son la economía informal, la delincuencia organizada y el narcotráfico. Esta lista podría continuar. Y estas palabras desesperadas son para proponer un muy necesitado cambio: debemos quitarnos de encima la pesada carga del nacionalismo y el paternalismo, tener una conciencia ciudadana liberal que priorice el individuo sobre la corporación, ha llegado la hora de entender que lo público no es monopolio de la clase política y si queremos acabar con otros entes similares éste debe ser el primero en ser sometido a un proceso de apertura. Las soluciones globales a problemas nacionales no saldrán de caciques o del manejo unilateral de la agenda, lo harán del amplio debate y de la cogobernanza de representantes y representados. De no lograr estos cambios el futuro de México se vislumbra muy sombrío. Y lo que resulta más deprimente es que la factura se la pasaremos a los mexicanos que aún no están aquí.

lunes, 1 de febrero de 2010

Los Obradoristas Pt. I


México es un país que carga con más lastres que el Pípila, aquél personaje de la historia oficial fantástica que abrió la Alhóndiga de Granaditas blindándose de los ataques españoles con una piedra gigante en su espalda. Los monopolios públicos y privados son aquellas cargas que están acabando con este raquítico país, condenando nuestro futuro colectivo por un status quo de subdesarrollo y disparidad. Estos titanes quedaron libres una vez quebrado el aparato del partido único, aquél Zeus institucional capaz de rotar al máximo mandatario cada seis años y cuya construcción histórica seguía la muy legítima lógica de unificar a una nación que se mantuvo por siglos como una nación africana actual (caciques, guerra civil y la falta absoluta de un poder central). El Revolucionario Institucional se gestó, creció y acabo por caer en la más rotunda decadencia. Con fechas que podemos localizar como naciones en un mapa el sistema de partido único sufrió grandes erosiones (1968, 1971, 1976, 1988…). En el 2000 comenzó la alternancia y con ello la liberalización de los titanes que en algún momento garantizaron estabilidad. Ahora cada uno defiende su trinchera y todos sabemos sus nombres: son los grandes sindicatos gubernamentales (SNTE, STPRM, SME) y los consorcios empresariales monopólicos (Televisa, Telmex). El estancamiento económico y político, el crecimiento de la pobreza y de la migración son sólo algunos de los resultados deleznables que sufrimos todos los mexicanos por compartir nuestro país con estos entes, estos lastres. Una parte de la población de nuestro país, que de acuerdo a toda cifra estadística –factor que repelen y niegan- son minoría, cree haber encontrado la cura para todos estos males en un hombre, un ser cuasi divino que es la encarnación de un movimiento social puro y noble: Andrés Manuel López Obrador. Los obradoristas asumen que, de llegar a la presidencia, este hombre logrará derrotar a estos males como Perseo lo hizo en aquella película de los ochenta Guerra de Titanes. Cada monopolio caerá ante el líder y él, sólo él, podrá traer la democratización económica y en cierto grado la política que este lacerado país necesita. La causa es tan noble como es dogmática. Y es esta segunda característica que ciega al movimiento obradorista de algunas de sus más graves contradicciones: el elegido, aquél santo emanado del recto y perfecto gobierno del GDF, es un cacique como lo fue cualquier presidente del PRI (incluyendo a aquellos que lastimaron profundamente a la izquierda histórica de México como Echeverría y Díaz Ordaz). Su similitud discursiva e ideológica con Luis Echeverría, padre del ala populista más recalcitrante del Nacional Revolucionario que marcó la debacle política y económica de nuestro país, no tienen importancia para los cegados seguidores del movimiento. Su formación tampoco tiene importancia, su militancia al interior del partido de Estado hasta los ochenta se ha olvidado al igual que los detonantes que marcaron la salida de él y su camarilla. El desgaste del nacionalismo xenófobo, la política económica deficitaria e insostenible y el autoritarismo más vertical llevaron a los grupos a los que pertenecía AMLO a salir de la pugna por la presidencia para ser reemplazados por una nueva camada de neoliberales estadistas, jóvenes que ofrecían corregir lo que la escuela de Echeverría se había encargado de enterrar. Otra de las contradicciones nos remite de nuevo a aquella idea del cacique redentor, y que niega al movimiento y a sus cuadros (entre ellos algunos de los intelectuales más renombrados de México) ver otra realidad del país en el que hoy vivimos: ¿de llegar a la presidencia que podría hacer? Desde el 2000 el aparato político puede definirse por tres palabras: gobiernos de minoría. San Lázaro y el Senado están desiertos de un partido predominante y el aparato no ha logrado sacar reformas estructurales a flote desde 1997, año en el que el PRI perdió su mayoría. Pero para el movimiento una reforma que reconfigure esta relación de fuerzas viciada y anacrónica es innecesaria. El cacique, una vez presidente de la alternancia, hará historia dándole una vuelta de 180° al país. No importa que actualmente el PRD cuente con un total de 71 diputados en la actual legislatura (el PAN tiene 143) o el PT 13 y Convergencia 6. Obrador, bajo esta lógica heredera del presidencialismo fuerte caído en el delirio, podría impulsar una agenda que democratizaría cada bastión monopólico. La mayoría no importa y el legislativo perdería su rol como el Poder predominante de la alternancia. Tampoco trasciende el hecho de que su movimiento esté negado a negociar con el “PRI-AN” aquella encarnación diabólica y fascista. La lógica no debe justificar el medio sino más bien el dogmatismo al fin. Y esta idiosincrasia demuestra la falta de claridad del proyecto y las convenientes omisiones que lleva acabo. AMLO detesta a Televisa (odio que comparto con él), pero existen figuras intocables que jamás ha mencionado directamente ¿Qué hay de Carlos Slim su principal aliado para rehabilitar el Centro Histórico en su gestión como Jefe de Gobierno del DF? ¿No es su monopolio de telecomunicaciones igual de nefasto que el televisivo? Y al referirse a Televisa ¿qué pretende este caudillo popular? Su cercanía a Hugo Chávez siempre fue poco conveniente para este movimiento puro y democratizador, ya que lo relaciona con un gobierno autoritario esponsoreado por la Habana ¿Qué idea predica Obrador ante Televisa? ¿Plantea cerrarla como lo hizo el presidente venezolano con Radio Caracas Televisión? Los medios, al igual que otros sectores, deben pasar por un proceso de apertura (en el que las dos televisoras por ahora duopólicas seguirán existiendo) no por un cambio de regencia monopólica. Todo parece indicar que el cacique quiere acabar con un rival y un contrapeso al aparato gubernamental, no abrir el sector a la libre competencia.